Canción de Navidad (Charles Dickens) Libros Clásicos

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Me parece que solo
en el mundo.
- ¡Espíritu! -dijo Scrooge con voz quebrada-. Llévame de este lugar.
-Te dije que eran sombras de lo que ha pasado. No me censures por ello.
-¡Llévame de aquí! ¡No puedo soportarlo!
Scrooge luchó con el espíritu, que desapareció. Apenas tuvo tiempo de irse
tambaleando a la cama, cuando cayó en un profundo sueño.
Despertó a causa de un ronquido descomunal. Sintió que volvía a tener conciencia
de sí con el tiempo justo para un propósito determinado: celebrar una entrevista
con el segundo mensajero.
El reloj dio la una y Scrooge vio una luz. Aquello era más alarmante que una
docena de fantasmas. Empezó a pensar que el origen y secreto de aquella luz
fantasmal tenía que estar en la habitación vecina, de donde parecía brotar.
En el instante en que su mano se posó en la cerradura, una voz extraña le llamó
por su nombre y le ordenó que entrara. Obedeció.
La habitación había experimentado una transformación sorprendente. Las paredes y
el techo estaban tan llenos de verde que parecía por completo un bosque. Un
fuego subía por la chimenea como nunca aquella sombría piedra había conocido ni
en la época de Scrooge, ni de Marley. Amontonados sobre el suelo hasta formar
una especie de trono había aves de caza y de corral, pasteles y frutas. En
cómoda posición sobre este diván, se sentaba un jovial gigante que daba gloria
verlo.
-¡Entra! -exclamó el espectro-. ¡Entra a conocerme mejor, hombre!
Entró tímidamente y se colocó frente al espíritu. Ya no era el inflexible
Scrooge de otros tiempos y, aunque los ojos del espíritu eran claros y amables,
no le gustaba encontrarlos.
-Soy el espíritu de las Navidades presentes. ¡Mírame!
Scrooge lo hizo con la máxima reverencia.
-Nunca has visto nada como yo -exclamó el espíritu.
-No, nunca -contestó Scrooge-. Espíritu, conducidme donde queráis. Anoche salí a
la fuerza y aprendí una lección que ahora está dando el fruto.
-Toca mi vestidura.
Hizo lo que se le ordenaba y se agarró con fuerza. Todo se desvaneció al
instante y se encontraron en las calles de la ciudad, la mañana de Navidad.
La gente que quitaba la nieve de los tejados estaba jovial y feliz. Las tiendas
de aves se encontraban a medio abrir y las fruterías radiantes.
Las tiendas de ultramarinos, ¡oh, las tiendas de ultramarinos! casi cerradas,
pero ¡qué visiones se contemplaban a través de sus rendijas!

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