Canción de Navidad (Charles Dickens) Libros Clásicos

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-¡Muchacho inteligente! ¿Sabes si han vendido el pavo premiado que tenían
colgado?
-Está colgado allí ahora.
-¿Sí? Vete a comprarlo. Si vienes con el tendero te daré un chelín. Si estás
aquí con él antes de cinco minutos, te daré media corona.
El muchacho partió como una bala.
-Se lo mandaré a casa de Bob Cratchit -decía Scrooge en voz baja.
Cuando trajeron el pavo le dio al tendero la dirección de Cratchit.
La sonrisa con que dijo esto, la sonrisa con que pagó el pavo, la sonrisa con
que recompensó al muchacho, solamente fueron superadas por la sonrisa con que se
sentó otra vez en su silla y rió entre dientes hasta llorar.
Se vistió con sus mejores galas y por fin salió a la calle.
Caminando con las manos a la espalda miraba a todos con una sonrisa encantadora.
Tenía un aspecto tan irremisiblemente agradable que tres o cuatro individuos le
dijeron:
-Buenos días, señor. Felices Navidades.
No había andado mucho, cuando vio que venía en su dirección el caballero que
había llegado a su oficina el día anterior y había dicho: "¿Tengo el placer de
dirigirme al señor Scrooge o al señor Marley?". Sabía qué era lo que tenía que
hacer, y lo hizo.
-Querido señor -dijo Scrooge al caballero-. Permítame pedirle perdón; y que
tenga la bondad de...
Y aquí Scrooge susurró algo a su oído.
-¡Dios me valga! -exclamó el caballero-. Mi querido señor Scrooge, ¿habla usted
en serio?
-Sí, por favor. Van incluidos muchos atrasos, se lo aseguro. ¿Quiere venir a
verme?
-¡Claro que sí! -exclamó el caballero.
-Gracias -dijo Scrooge-. Le quedo muy agradecido. Dios lo bendiga.
Por la tarde dirigió sus pasos hacia la casa de su sobrino.
-¿Está el señor en casa, querida? -preguntó a la muchacha.
-Sí, señor. Está en el comedor, con la señora.
-Gracias.
Abrió con cuidado y asomó la cabeza por la puerta.
-!Fred! -dijo Scrooge.
-¡Dios me valga! ¿Quién es? -exclamó Fred.
-Soy yo, tu tío Scrooge. He venido a comer. ¿Me dejas entrar, Fred?
¡Dejarle entrar! Milagro que no le arrancase el brazo. En cinco minutos se
encontraba con toda comodidad.
Realmente fue una fiesta maravillosa, ¡una felicidad ma-ravi-llo-sa!
Pero a la mañana siguiente estaba temprano en la oficina.
El reloj dio las nueve. Bob sin aparecer.
Scrooge se sentó con su puerta abierta de par en par, a fin de poder verle
entrar en su cuchitril.

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