Entremeses (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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SOLDADO. Ése no es ingenio de zapatero, sino de colegial trilingüe.
ZAPATERO. ¡Oh, celos, celos, cuán mejor os llamaran duelos, duelos!
(Entrase el ZAPATERO.)

SOLDADO. No, sino no seáis guarda, y guarda cuidadosa, y veréis cómo se os entran mosquitos en la cueva donde está el licor de vuestro contento. Pero ¿qué voz es ésta? Sin duda es la de mi Cristina, que se desenfada cantando cuando barre o friega.
(Suenan dentro platos, como que friegan, y cantan.)


Sacristán de mi vida,
tenme por tuya, y,
fiado en mi fe,
canta alleluia

SOLDADO. ¡Oídos que tal oyen! Sin duda el sacristán debe de ser el brinco de su alma. ¡Oh platera, la más limpia que tiene, tuvo o tendrá el calendario de las fregonas! ¿Por qué, así como limpias esa loza talaveril que traes entre las manos, y la vuelves en bruñida y tersa plata, no limpias esa alma de pensamientos bajos y sota-sacristaniles?
(Entra EL AMO de CRISTINA.)
AMO. Galán, ¿qué quiere o qué busca a esta puerta?
SOLDADO. Quiero más de lo que sería bueno, y busco lo que no hallo. Pero ¿quién es vuesa merced, que me lo pregunta?
AMO. Soy el dueño desta casa.
SOLDADO. ¿El amo de Cristinica?
AMO. El mismo.
SOLDADO. Pues lléguese vuesa merced a esta parte, y tome este envoltorio de papeles; y advierta que ahí dentro van las informaciones de mis servicios, con veinte y dos fees de veinte y dos generales debajo de cuyos estandartes he servido, amén de otras treinta y cuatro de otros tantos maestres de campo que se han dignado de honrarme con ellas.
AMO. ¡Pues no ha habido, a lo que yo alcanzo, tantos generales ni maestres de campo de infantería española de cien años a esta parte!

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