Entremeses (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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SACRISTÁN. ¡Ea, amigo Grajales, que éste es el turbador de mi sosiego!
GRAJALES. No me pesa sino que traigo las armas endebles y algo tiernas; que ya le hubiera despachado al otro mundo a toda diligencia.
AMO. ¡Ténganse, gentiles hombres! ¿Qué desmán y qué acecinamiento es éste?
SOLDADO. ¡Ladrones! ¿A traición y en cuadrilla? ¡ Sacristanes falsos, voto a tal que os tengo que horadar, aunque tengáis más órdenes que un Ceremonial! ¡Cobarde! ¿A mí con rabo de zorra? ¿Es notarme de borracho, o piensas que estás quitando el polvo a alguna imagen de bulto?
GRAJALES. No pienso sino que estoy ojeando los mosquitos de una tinaja de vino.
(A la ventana, CRISTINA y su AMA.)
CRISTINA. ¡Señora, señora, que matan a mi señor! Más de dos mil espadas están sobre él, que relumbran que me quitan la vista.
ELLA. Dices verdad, hija mía; Dios sea con él; santa Úrsola, con las once mil vírgines, sea en su guarda. Ven, Cristina, y bajemos a socorrerle como mejor pudiéremos.
AMO. ¡Por vida de vuesas mercedes, caballeros, que se tengan, y miren que no es bien usar de superchería con nadie!
SOLDADO. ¡Tente, rabo, y tente, tapadorcillo! no acabéis de despertar mi cólera, que, si la acabo de despertar, os mataré, y os co-meré, y os arroj aré por la puerta falsa dos leguas más allá del infierno!
AMO. ¡Ténganse, digo; si no, por Dios que me descomponga de modo que pese a alguno!
SOLDADO. Por mí, tenido soy; que te tengo respeto, por la imagen que tienes en tu casa.
SACRISTÁN. Pues, aunque esa imagen haga milagros, no os ha de valer esta vez.
SOLDADO. ¿Han visto la desvergüenza deste bellaco, que me viene a hacer cocos con un rabo de zorra, no habiéndome espantado ni atemorizado tiros mayores que el de Dio, que está en Lisboa?

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