Entremeses (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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(Entran CRISTINA y su SEÑORA.)
ELLA. ¡Ay, marido mío! ¿Estáis, por desgracia, herido, bien de mi alma?
CRISTINA. ¡Ay desdichada de mí! Por el siglo de mi padre, que son los de la pendencia mi sacristán y mi soldado.
SOLDADO. Aun bien que voy a la parte con también dijo: «mi soldado».
AMO. No estoy herido, señora, pero sabed que toda esta penden-cia es por Cristinica.
ELLA. ¿Cómo por Cristinica?
AMO. A lo que yo entiendo, estos galanes andan celosos por ella.
ELLA. ¿Y es esto verdad, muchacha?
CRISTINA. Sí, señora.
ELLA. ¡Mirad con qué poca vergüenza lo dice! Y, ¿hate deshonrado alguno dellos?
CRISTINA. Sí, señora.
ELLA. ¿Cuál?
CRISTINA. El sacristán me deshonró el otro día, cuando fui al Rastro.
ELLA. ¿Cuántas veces os he dicho yo, señor, que no saliese esta muchacha fuera de casa; que ya era grande, y no convenía apartarla de nuestra vista? ¿Qué dirá ahora su padre, que nos la entregó limpia de polvo y de paja? ¿Y dónde te llevó, traidora, para deshonrarte?
CRISTINA. A ninguna parte, sino allí en mitad de la calle.
ELLA. ¿Cómo en mitad de la calle?
CRISTINA. Allí, en mitad de la calle de Toledo, a vista de Dios y de todo el mundo, me llamó de sucia y de deshonesta, de poca vergüenza y menos miramiento, y otros muchos baldones deste jaez; y todo por estar celoso de aquel soldado.
AMO. Luego ¿no ha pasado otra cosa entre ti ni él sino esa deshonra que en la calle te hizo?
CRISTINA. No por cierto, porque luego se le pasa la cólera.
ELLA. ¡ El alma se me ha vuelto al cuerpo, que le tenía ya casi desamparado!

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