La Señora Cornelia (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Hasta agora no sabemos la intención del duque, ni tampoco si él sabe vuestra falta; y todo esto se ha de saber de su boca, y nadie se lo podrá preguntar como yo. Y entended, señora Cornelia, que la salud y contento de vuestro hermano y el del duque llevo puestos en las niñas de mis ojos: yo miraré por ellos como por ellas.
-Si así os da el cielo, señor don Juan -respondió Cornelia-, poder para remediar como gracia para consolar, en medio destos mis trabajos me cuento por bien afortunada. Ya querría veros ir y volver, por más que el temor me aflija en vuestra ausencia o la esperanza me suspenda.
Don Antonio aprobó la determinación de don Juan y le alabó la buena correspondencia que en él había hallado la confianza de Lorenzo Bentibolli. Díjole más: que él quería ir a acompañarlos, por lo que podía suceder.
-Eso no -dijo don Juan-: así porque no será bien que la señora Cornelia quede sola, como porque no piense el señor Lorenzo que me quiero valer de esfuerzos ajenos.
-El mío es el vuestro mismo -replicó don Antonio-; y así, aunque sea desconocido y desde lejos, os tengo de seguir, que la señora Cornelia sé que gustará dello, y no queda tan sola que le falte quien la sirva, la guarde y acompañe.
A lo cual Cornelia dijo:
-Gran consuelo será para mí, señores, si sé que vais juntos, o a lo menos de modo que os favorezcáis el uno al otro si el caso lo pidiere; y, pues al que vais a mí se me semeja ser de peligro, hacedme merced, señores, de llevar estas reliquias con vosotros.

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