La Señora Cornelia (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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-No, por cierto; porque, aunque me precio de caballero, más me precio de cristiano; y más, que Cornelia es tal que merece ser señora de un reino. Pareciese ella, y viva o muera mi madre, que el mundo sabrá que si supe ser amante, supe la fe que di en secreto guardarla en público.
-Luego, ¿bien diréis -dijo don Juan- lo que a mí me habéis dicho a vuestro hermano el señor Lorenzo?
-Antes me pesa -respondió el duque- de que tarde tanto en saberlo.
Al instante hizo don Juan de señas a Lorenzo, que se apease y viniese donde ellos estaban, como lo hizo, bien ajeno de pensar la buena nueva que le esperaba. Adelantóse el duque a recebirle con los brazos abiertos, y la primera palabra que le dijo fue llamarle hermano.
Apenas supo Lorenzo responder a salutación tan amorosa ni a tan cortés recibimiento; y, estando así suspenso, antes que hablase palabra, don Juan le dijo:
-El duque, señor Lorenzo, confiesa la conversación secreta que ha tenido con vuestra hermana, la señora Cornelia. Confiesa asimismo que es su legítima esposa, y que, como lo dice aquí, lo dirá públicamente cuando se ofreciere. Concede, asimismo, que fue [ha] cuatro noches a sacarla de casa de su prima para traerla a Ferrara y aguardar coyuntura de celebrar sus bodas, que las ha dilatado por justísimas causas que me ha dicho. Dice, asimismo, la pendencia que con vos tuvo, y que cuando fue por Cornelia encontró con Sulpicia, su doncella, que es aquella mujer que allí viene, de quien supo que Cornelia no había una hora que había parido, y que ella dio la criatura a un criado del duque, y que luego Cornelia, creyendo que estaba allí el duque, había salido de casa medrosa, porque imaginaba que ya vos, señor Lorenzo, sabíades sus tratos.

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