La Señora Cornelia (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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A todo lo cual no respondía palabra el cura, admirado de la huida del duque, que así le pareció, que fuese huida antes que otra cosa; y no fue sino que salió a llamar a Fabio y decirle:
-Corre, Fabio amigo, y a toda diligencia vuelve a Bolonia y di que al momento Lorenzo Bentibolli y los dos caballeros españoles, don Juan de Gamboa y don Antonio de Isunza, sin poner escusa alguna, vengan luego a esta aldea. Mira, amigo, que vueles y no te vengas sin ellos, que me importa la vida el verlos.
No fue perezoso Fabio, que luego puso en efeto el mandamiento de su señor.
El duque volvió luego a donde Cornelia estaba derramando hermosas lágrimas. Cogióla el duque en sus brazos, y, añadiendo lágrimas a lágrimas, mil veces le bebió el aliento de la boca, teniéndoles el contento atadas las lenguas. Y así, en silencio honesto y amoroso, se gozaban los dos felices amantes y esposos verdaderos.
El ama del niño y la Cribela, por lo menos como ella decía, que por entre las puertas de otro aposento habían estado mirando lo que entre el duque y Cornelia pasaba, de gozo se daban de calabazadas por las paredes, que no parecía sino que habían perdido el juicio. El cura daba mil besos al niño, que tenía en sus brazos, y, con la mano derecha, que desocupó, no se hartaba de echar bendiciones a los dos abrazados señores. El ama del cura, que no se había hallado presente al grave caso por estar ocupada aderezando la comida, cuando la tuvo en su punto, entró a llamarlos que se sentasen a la mesa.

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