Trato de Argel (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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que la habéis de guiar con vuestra lumbre
deste hondo valle a la más alta cumbre.
Bien sé que no merezco que se acuerde
vuestra eterna memoria de mi daño,
porque tengo en el alma fresco y verde
el dulce fructo del amor estraño;
mas vuestra alta clemencia, que no pierde
ocasión de hacer bien, mi mal tamaño
remedie, que ya estoy casi perdido,
de Scila y de Caribdis combatido.
Si el cuerpo esclavo está, está libre el alma,
puesto que Silvia tiene parte en ella,
y la amorosa trunfadora palma
ha de llevar sola mi Silvia della.
Ponga Zahara su amor, póngale en calma,
que mi firmeza no hay pensar rompella,
y aquello que a mi Dios y a Silvia debo,
me hace que aun mirarla no me atrevo.
¿Dó estás, Silvia hermosa? ¿Qué destino,
qué fuerza insana de implacable hado
el curso de aquel próspero camino
tan sin causa y razón nos ha cortado?
¡Oh estrella, oh suerte, oh fortuna, oh signo!,
si alguno de vosotros ha causado
tamaña perdición, desde aquí digo
que mil cuentos de veces le maldigo.
Yo moriré por lo que al alma toca,
antes que hacer lo que mi ama quiere;
firme he de estar cual bien fundada roca
que en torno el viento, el mar combate y hiere.
Que sea mi vida mucha, o que sea poca,
importa poco; sólo el que bien muere
puede decir que tiene larga vida,
y el que mal, una muerte sin medida.

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