Trato de Argel (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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dejando encerrada en ella
la sancta humilde persona;
y, aunque no tienen sosiego
hasta verle ya espirar,
para más le atormentar,
encienden lejos el fuego.
Quieren, como el cocinero
que a su oficio más mirase,
que se ase y no se abrase
la carne de aquel cordero.
Sube el humo al aire vano,
y a veces le da en los ojos;
quema el fuego los despojos
que le vienen más a mano;
vase arrugando el vestido
con el calor violento,
y el fuego, poco contento,
busca lo más escondido.
Esperad, simple cordero,
que esta ardiente llama insana,
si os ha quemado la lana,
os quiere abrasar el cuero.
Combátenle fuegos dos:
el uno, humano y visible;
el otro, sancto invisible,
que es fuego de amor de Dios.
Yo no sé a cuál más debía,
puesto que a los dos pagaba:
al que el cuerpo le abrasaba
o al que el alma le encendía.
Los que estaban a miralle,
la ira ansí les pervierte,
que mueren por darle muerte
y entretiénense en matalle.
Y, en medio deste tormento,
no movió el sancto varón
la lengua a formar razón
que fuese de sentimiento;
antes dicen, y yo he visto,
que, si alguna vez hablaba,
en el aire resonaba
el eco o nombre de Cristo;
y cuando en el agonía
última el triste se vio,
cinco o seis veces llamó

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