Trato de Argel (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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la caduca mortal vida vivieron!
No sonaba en los aires la querella
del mísero cautivo, cuando alzaba
la voz a mal[decir su] dura estrella.
Entonces libert[ad d]ulce reinaba
y el nombre odioso de la servidumb[r]e
en ningunos oídos resonaba.
Pero, después que sin razón, sin lumbre,
ciegos de la avaricia, los mortales,
cargados de terrena pesadumbre,
descubrieron los rubi[o]s minerales
del oro que en la tierra se escondía,
ocasión principal de nuestros males,
este que menos oro poseía,
envidioso de aquel que, con más maña,
más riquezas en uno recogía,
sembró la [c]ruda y la mortal cizaña
del robo, de la fraude y del engaño,
del cambio injusto y trato con maraña.
Mas con ninguno hizo mayor daño
que con la hambrienta, despiadada guerra,
que al natural destruye y al estraño.
Ésta consume, abrasa, y echa por tierra,
los reinos, los imperios populosos,
y la paz hermosísima destierra,
y sus fieros ministros, codiciosos
más del rubio metal que de otra cosa,
turban nuestros contentos y reposos.
Y, en la sangrienta guerra peligrosa,
pudiendo con el filo de la espada
acabar nuestra vida temerosa,
la guardan de prisiones rod[e]ada,
por ver si prometemos por libralla
nuestra pobre riqueza mal lograda.
Y así, puede el que es pobre y que se halla
puesto entre esta canalla al daño cierto
su libertad a Dios encomendalla,
o contarse, viviendo, ya por muerto,
como el que en rota nave y mar airado

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