Peter Pan (J.M. Barrie) Libros Clásicos

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-Debéis ser amables con él -les inculcó Wendy a sus hermanos-. ¿Qué haríamos si nos abandonara?
-Podríamos volver -dijo Michael.
-¿Y cómo lograríamos encontrar el camino de vuelta sin él?
-Bueno, pues entonces podríamos seguir -dijo John.
-Eso es lo horrible, John. Tendríamos que seguir, porque no sabemos cómo parar.
Era cierto: Peter se había olvidado de enseñarles a parar. John dijo que si pasaba lo peor, todo lo que tenían que hacer era seguir adelante, ya que el mundo era redondo, de forma que acabarían por volver a su propia ventana.
-¿Y quién nos va a conseguir comida, John?
-Yo le saqué del pico un trocito a ese águila bastante bien, Wendy.
-Después de veinte intentos -le recordó Wendy-. Y aunque se nos llegara a dar bien la cuestión de conseguir comida, fijaos cómo nos chocamos con las nubes y otras cosas si él no está cerca para echarnos una mano.
Efectivamente, se iban chocando todo el tiempo. Ya podían volar con fuerza, aunque seguían moviendo demasiado las piernas, pero si veían una nube delante, cuanto más intentaban esquivarla, más certeramente se chocaban contra ella. Si Nana hubiera estado con ellos ya le habría puesto a Michael una venda en la frente.
Peter no estaba con ellos en ese momento y se sentían bastante desamparados allí arriba por su cuenta. Podía volar a una velocidad tan superior a la de ellos que de pronto salía disparado y se perdía de vista, para correr alguna aventura en la que ellos no participaban. Bajaba riéndose por algo divertidísimo que le había estado contando a una estrella, pero que ya había olvidado, o subía cubierto aún de escamas de sirena y sin embargo no sabía con seguridad qué había ocurrido.

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