Peter Pan (J.M. Barrie) Libros Clásicos

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Cuando por fin los cielos volvieron a quedar en calma, John y Michael se encontraron solos en la oscuridad. John caminaba en el aire mecánicamente y Michael, sin saber cómo flotar, estaba flotando.
-¿Te han dado? -susurró John temblorosamente.
-Todavía no lo he comprobado -susurró a su vez Michael.
Ahora sabemos que ninguno fue alcanzado. Sin embargo, Peter fue arrastrado por el viento del disparo hasta alta mar, mientras que Wendy fue lanzada hacia arriba sin otra compañía que la de Campanilla.
Las cosas le habrían ido bien a Wendy si en ese momento hubiera soltado el sombrero.
No sé si la idea se le ocurrió a Campanilla de repente, o si lo había planeado por el camino, pero el caso es que inmediatamente salió del sombrero y se puso a atraer a Wendy hacia su destrucción.
Campanilla no era toda maldad: o, más bien, era toda maldad en ese momento, pero, por otro lado, a veces era toda bondad. Las hadas tienen que ser una cosa o la otra, porque al ser tan pequeñas degraciadamente sólo tienen sitio para un sentimiento por vez. No obstante, les está permitido cambiar, aunque debe ser un cambio total. Por el momento estaba celosísima de Wendy. Por supuesto, Wendy no entendía lo que le decía con su precioso tintineo y estoy convencido de que parte eran palabrotas, pero sonaba agradable y volaba hacia adelante y hacia atrás, queriendo decir claramente: «Sígueme y todo saldrá bien.»
¿Qué otra cosa podía hacer la pobre Wendy? Llamó a Peter, a John y a Michael y lo único que obtuvo como respuesta fueron ecos burlones. Aún no sabía que Campanilla la odiaba con el odio feroz de una auténtica mujer.

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