El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Aunque la finca había sido comprada a la nación durante el Terror por el padre de la señorita Gamard, como ésta venía alojando en ella a presbíteros desde hacía veinte años, a nadie se le ocurría encontrar mal durante la Restauración que una devota conservase un bien nacional: tal vez las gentes religiosas le atribuían la intención de legársela al capítulo, y las gentes de mundo no veían que con ello fuese a cambiar su destino.
     El abate Birotteau se dirigía a esta casa, donde llevaba dos años viviendo. Las habitaciones que ocupaba habían sido, como ahora la canonjía, el objeto de sus anhelos y su Hoc erat in votis durante un docena de años. Ser pupilo de la señorita Gamard y llegar al canonicato fueron las dos grandes cuestiones de su vida; y quizá resumen exactamente la ambición de un presbítero que, considerándose como de viaje para la eternidad, no puede desear en este mundo más que un buen albergue, una buena mesa, vestidos decentes, zapatos con hebillas de plata -cosas suficientes para las necesidades animales- y una canonjía para satisfacer el amor propio, ese sentimiento indecible que ha de seguirnos, según dicen, hasta el lado de Dios, puesto que entre los santos hay categorías. Pero el deseo de las habitaciones que ahora ocupaba, cosa mínima a los ojos del mundo, había sido para el abate Birotteau toda una pasión, pasión llena de obstáculos, y, como las más criminales pasiones, llena de esperanzas, de placeres y de remordimientos.
     La distribución interior y la capacidad de su casa no habían permitido a la señorita Gamard tener más de dos huéspedes. Así, pues, unos doce años antes del día en que Birotteau logró ser su pupilo, la señorita Gamard estaba encargada de mantener contentos y sanos al señor abate Troubert y al señor abate Chapeloud.

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