El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Las jambas de la chimenea, de piedra bastante mal esculpida, no habían sido pintadas nunca. Por todo mobiliario, el pobre canónigo puso allí, de primeras, una cama, una mesa, algunas sillas y los pocos libros que poseía. La vivienda parecía una hermosa mujer vestida de harapos. Pero dos o tres años más tarde, como una señora anciana le legase dos mil francos, el abate Chapeloud empleó esta suma en la compra de una biblioteca de encina, procedente de la demolición de un castillo destruido por la banda negra, y notable por sus esculturas, dignas de la admiración de los artistas. El abate hizo esta adquisición seducido, más que por la baratura de la biblioteca, por la perfecta concordancia que existía entre sus dimensiones y las de la galería. Sus economías le permitieron entonces restaurar la galería, muy pobre y abandonada. Se lustró cuidadosamente el suelo, se blanqueó el techo y se pintaron los zócalos fingiendo los colores y los nudos de la madera de encina. Una chimenea de mármol reemplazó a la antigua. Tuvo el canónigo bastante gusto para buscar y encontrar antiguas butacas de madera de nogal esculpidas. Luego, una mesa de ébano y dos muebles estilo Boulle acabaron de dar a la galería una fisonomía llena de carácter. En el espacio de dos años, la liberalidad de algunas personas devotas y los legados de sus piadosos penitentes, aunque modestos, llenaron de libros los estantes de la biblioteca, entonces vacía. Por último, un tío de Chapeloud, antiguo congregante del oratorio, le legó su colección infolio de los Padres de la Iglesia y algunas otras grandes obras, preciosas para un eclesiástico. Birotteau, cada vez más sorprendido por las transformaciones de aquella galería, antes desnuda, llegó gradualmente a codiciarla.

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