El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Cuando su amigo caía enfermo, iba a verle, llevado, sí, por un sincero afecto; pero al saber la indisposición del canónigo o cuando estaba haciéndole compañía, en el fondo de su alma se alzaban, a pesar suyo, mil pensamientos cuya fórmula más simple era siempre:
     -Si Chapeloud muriese, yo podría alcanzar su alojamiento.
     Sin embargo, como Birotteau tenía un corazón excelente, ideas estrechas y una inteligencia limitada, no llegaba hasta concebir los medios de lograr que su amigo le legase la biblioteca y los muebles.
     El abate Chapeloud, que era un egoísta amable e indulgente, adivinó la pasión de su amigo, lo cual no era difícil, y se la perdonó, lo que sí puede parecer menos fácil en un presbítero. Pero tampoco el vicario, cuya amistad permaneció siempre firme, dejó de pasear a diario con su amigo por la misma alameda del paseo del Mazo, sin que ni un solo momento le pesara el tiempo consagrado desde hacía veinte años a aquel paseo. Birotteau, que consideraba como faltas sus involuntarios apetitos, habría sido capaz, por contrición, del más grande sacrificio por el abate Chapeloud. Éste pagó su deuda a tan sincera fraternidad diciendo, pocos días antes de su muerte, al vicario, que leía La Quotidienne:
     -De esta vez te quedas con la habitación. Noto que para mí todo ha terminado.
     En efecto, en su testamento, el abate Chapeloud legó su biblioteca y su mobiliario a Birotteau. La posesión de estas cosas tan vivamente deseadas y la perspectiva de ser admitido como pupilo por la señorita Gamard endulzaron mucho el dolor que causaba a Birotteau la pérdida de su amigo el canónigo: tal vez no le habría resucitado, pero le lloró.

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