El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Durante algunos días le sucedió lo que a Gargantúa, el cual, habiendo muerto su esposa al dar a luz a Pantagruel, no sabía si regocijarse por el nacimiento de su hijo o apenarse por haber enterrado a su buena Badbec, y se equivocaba alegrándose de la muerte de ella y deplorando el nacimiento de Pantagruel. El abate Birotteau pasó los primeros días de su luto en registrar las obras de su biblioteca, en servirse de sus muebles, en examinarlos, diciendo con un tono que, por desgracia, no se le pudo oír: «¡Pobre Chapeloud!» En suma, su alegría y su dolor le ocupaban tanto, que no experimentó ningún sentimiento al ver que daban a otro la plaza de canónigo, en la que Chapeloud esperaba tener a Birotteau por sucesor. Como la señorita Gamard admitió de buen grado en calidad de huésped a Birotteau, éste participó desde entonces de todas las felicidades de la vida material que le ponderaba el difunto canónigo. ¡Ventajas incalculables! A creer al difunto Chapeloud, ninguno de los presbíteros que habitaban en la ciudad de Tours, ni siquiera el arzobispo, podía ser objeto de atenciones tan delicadas, tan minuciosas, como las que prodigaba la señorita Gamard a sus dos pupilos. Las primeras palabras que decía el canónigo a su amigo al empezar el paseo a diario casi siempre se referían al suculento almuerzo que acababan de servirle; y era muy raro que, durante los siete paseos de la semana, no se le ocurriese decir por lo menos catorce veces:
     -Es indudable que esta excelente señorita tiene la vocación del servicio eclesiástico. Figúrese usted que durante doce años nada me ha faltado nunca: ropa blanca, albas, sobrepellices, alzacuellos...; todos los días encuentro cada cosa en su sitio, tantas como me hacen falta, y oliendo a lirio.

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