El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Así, pues, la probabilidad de su nombramiento, las esperanzas que se le acababan de dar en casa de la señora Listomère le absorbían la atención de tal modo que hasta llegar a casa no se acordó de que había dejado su paraguas en la tertulia. A no ser por la lluvia, que entonces caía a torrentes, acaso no lo habría recordado: tanto le embargaba el placer con que se repetía para sí mismo todo lo que le habían dicho a propósito de su promoción las personas de la tertulia de la señora de Listomère, vieja dama en cuya casa pasaba la velada los miércoles. El vicario llamó vivamente, como para indicar a la criada que no le hiciese esperar. Luego se arrinconó en el quicio de la puerta para mojarse lo menos posible; pero el agua que caía del techo cayó precisamente sobre la punta de sus zapatos, y el viento le trajo golpes de lluvia bastante parecidos a duchas. Después de haber calculado el tiempo que hacía falta para salir de la cocina y venir a tirar del cordón colocado bajo la puerta, volvió a llamar con un repiqueteo muy significativo.
     -No pueden haber salido -se dijo al no oír ningún movimiento en el interior.
     Y por tercera vez volvió a su campanilleo, que resonó tan agriamente en la casa y fue tan bien repetido por todos los ecos de la catedral, que a tan desmandado estrépito era imposible no despertarse. Instantes después oyó, no sin placer, mezclado de mal humor, los zapatos de la sirvienta, que resonaban en el piso guijarroso. Sin embargo, no acabaron las molestias del gotoso tan pronto como él se figuraba. En vez de tirar del cordón, Mariana tuvo que abrir con la enorme llave y descorrer los cerrojos.

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