El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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¡Nunca le ocurrió cosa parecida a Chapeloud! Me será imposible vivir en medio de los tormentos que... ¡A mi edad!...
     Se acostó con la esperanza de esclarecer al siguiente día la causa del odio que destruía para siempre aquella dicha de que había disfrutado durante dos años, después de haberla deseado tanto tiempo. ¡Ay! Los secretos motivos del sentimiento que había inspirado a la señorita Gamard habían de serle eternamente desconocidos, no porque fuesen difíciles de adivinar, sino porque el pobre carecía de esa buena fe con que las almas grandes y los bribones saben reaccionar por sí mismos y juzgarse. Un hombre de talento o un intrigante se dicen: «Me he equivocado.» El interés y el talento son los únicos consejeros conscientes y lúcidos. Y el abate Birotteau, cuya bondad llegaba hasta la tontería, que sólo había podido adquirir a fuerza de trabajo un baño de instrucción, que no tenía experiencia del mundo ni de sus costumbres y que vivía entre la misa y el confesonario, muy ocupado en decidir los más leves casos de conciencia en su calidad de confesor de los colegios de la ciudad y de algunas almas puras que le apreciaban, podía ser considerado como un niño grande, ajeno a la mayor parte de las prácticas sociales. Lo que insensiblemente se había desarrollado en él, sin que él se diese cuenta, era el egoísmo propio de todas las criaturas humanas, reforzado por el peculiar egoísmo del presbítero y el de la vida estrecha que se lleva en provincias. Si alguien se hubiese podido tomar interés en escudriñar el alma del vicario para demostrarle que en los pormenores infinitamente pequeños de su existencia y en los mínimos deberes de su vida privada carecía esencialmente de aquella abnegación que él creía profesar, se habría castigado a sí mismo y se habría mortificado de buena fe.

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