El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

Página 16 de 82

Pero aquellos a quienes ofendemos, aunque sea inconscientemente, no nos tienen en cuenta nuestra inocencia; quieren y saben vengarse. Así, Birotteau, pese a su debilidad, hubo de someterse a los rigores de esa gran justicia distributiva que encarga al mundo la ejecución de sus sentencias, llamadas por algunos cándidos las desgracias de la vida.
     Entre el difunto Chapeloud y el vicario hubo la diferencia de que aquél era un egoísta diestro y espiritual, y el otro un claro y torpe egoísta. Cuando el abate Chapeloud se hospedó en casa de la señorita Gamard, supo juzgar perfectamente el carácter de la patrona. El confesonario le había enseñado a conocer cómo llena de amargura el corazón de una solterona la desventura de verse fuera de la sociedad; y así calculó hábilmente su conducta para con la señorita Gamard. No tenía ella entonces más que treinta y ocho años y conservaba algunas de sus pretensiones, que en las personas de su situación suelen luego convertirse en una alta estimación de sí mismas. El canónigo comprendió que para vivir bien en casa de la señorita Gamard debía guardarle siempre las mismas atenciones y los mismos cuidados, ser más infalible que el Papa. Para obtener este resultado, no dejó establecerse entre ella y él sino los puntos de contacto estrictamente ordenados por la buena crianza y los que necesariamente existen entre dos personas que viven bajo el mismo techo. Aunque el abate Troubert y él hacían regularmente tres comidas diarias, él se había abstenido de tomar el desayuno en común, acostumbrando a la señorita Gamard a que le enviase a la cama una taza de café con leche. Además, había evitado los enojos de la cena tomando todas las tardes el té en las casas donde solía pasar las veladas.

Página 16 de 82
 

Paginas:
Grupo de Paginas:       

Compartir:




Diccionario: