El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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De esta suerte, rara vez veía a su patrona más que a la hora del almuerzo; pero todos los días llegaba un poco antes de la hora señalada. Durante esta especie de visita de cumplimiento le dirigió, durante los doce anos que vivió bajo su techo, las mismas preguntas y recibió de ella las mismas respuestas. La manera como había pasado la noche la señorita Gamard, su desayuno, sus menudas novedades domésticas, el aspecto de su cara, la higiene de su persona, el tiempo que hacía, la duración de los oficios, los incidentes de la misa, y, en fin, la salud de tal o cual sacerdote, hacían los gastos de esta conversación periódica. Durante la comida, procedía siempre por halagos indirectos, pasando sin cesar de la calidad de un pescado, del buen gusto de los condimentos o de las excelencias de una salsa a las excelencias de la señorita Gamard y a sus virtudes de ama de casa. Estaba seguro de halagar todas las vanidades de la solterona exaltando el arte con que estaban hechos o preparados sus confituras, sus pepinillos, sus conservas, sus pasteles y demás invenciones gastronómicas. Por último, jamás el astuto canónigo salió del salón amarillo de su hospedera sin decir que en ninguna casa de Tours se tomaba un café tan bueno como el que acababa de saborear. Gracias a esta acabada inteligencia del carácter de la señorita Gamard y a esta ciencia de la vida, profesada durante doce años por el canónigo, no hubo nunca entre ellos ocasión de discutir el menor punto de disciplina interior. El abate Chapeloud había empezado por reconocer los ángulos, las dificultades y las asperezas de la solterona y reglamentado la acción de las tangencias inevitables entre ambos, a fin de obtener de ella todas las concesiones necesarias para la dicha y la tranquilidad de su vida.

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