El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Así, la señorita Gamard decía que el abate Chapeloud era un hombre amabilísimo, fácil de complacer y muy inteligente. En cuanto al abate Troubert, la devota no decía absolutamente nada. Ajustado completamente al compás de su vida, como un satélite a la órbita de su planeta, Troubert era para ella algo así como criatura intermedia entre los individuos de la especie humana y los de la raza canina: le tenía clasificado en su corazón inmediatamente delante del lugar destinado a sus amigos y el ocupado por un perro carlín gordo y asmático al cual amaba tiernamente; le gobernaba por entero, y la promiscuidad de sus intereses llegó a ser tal, que muchas de las amistades de la señorita Gamard pensaban que el abate Troubert tenía puestos los puntos a la fortuna de la solterona, se la atraía insensiblemente con una continua paciencia y la dirigía tanto mejor cuanto que aparentaba obedecerla, sin dejar que se le adivinase el más ligero deseo de dominarla.
     Cuando murió el abate Chapeloud, la solterona, que deseaba un huésped de costumbres dulces, pensó, naturalmente, en el vicario. No era todavía conocido el testamento del canónigo, y la señorita Gamard proyectaba ceder el alojamiento del difunto a su buen abate Troubert, a quien creía muy mal situado en el piso bajo. Pero cuando el abate Birotteau fue a estipular con ella las condiciones del contrato de su pupilaje, le vio tan apasionado por aquella vivienda, por la cual había tanto tiempo alimentado deseos cuya violencia ahora ya podía confesar, que no se atrevió a proponerle un cambio y pospuso el afecto a las exigencias del interés. Para consolar a su bien amado canónigo la señorita Gamard le puso, en vez del piso de anchas baldosas de Chateau-Regnaud, un entarimado de madera de Hungría y le reconstruyó una chimenea que dejaba escapar el humo.

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