El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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     Durante doce años había tratado el abate Birotteau a su amigo Chapeloud sin que nunca se le ocurriese investigar de qué procedía la extremada circunspección de sus relaciones con la señorita Gamard. Al instalarse en la casa de aquella santa mujer se encontraba en la situación de un amante en el momento de ser dichoso. Aunque no hubiese ya sido naturalmente ciego de inteligencia, tenía los ojos demasiado deslumbrados por la felicidad para que le fuese posible juzgar a la señorita Gamard y reflexionar sobre la medida a que debían ajustarse sus relaciones diarias con ella. La señorita Gamard, vista de lejos y a través del prisma de las dichas naturales que el vicario soñaba gustar a su lado, le parecía una criatura perfecta, una cumplida cristiana, una persona esencialmente caritativa, la mujer del Evangelio, la virgen prudente adornada de todas esas virtudes humildes y modestas que dan a la vida un perfume celeste. Así, pues, con todo el entusiasmo de hombre que llega a su objeto, mucho tiempo deseado, con el candor de un niño y el inocente aturdimiento de un viejo sin experiencia mundana, entró en la vida de la señorita Gamard como se enreda una mosca en la tela de una araña. Y el primer día en que fue a comer y a dormir en casa de la solterona permaneció en el salón, retenido, no sólo por el deseo de entablar conocimiento con ella, sino también por ese inexplicable embarazo que embarga frecuentemente a las personas tímidas y les hace temer que cometerán una descortesía si interrumpen una conversación para marcharse. Estuvo, pues, en el salón toda la velada. Otra solterona amiga de Birotteau, la señorita Salomón de Villenoix, fue por la noche.

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