El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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La señorita Gamard tuvo entonces la alegría de organizar en su casa una partida de boston. El vicario consideró, al acostarse, que había pasado una noche agradabilísima. Como no conocía sino muy a la ligera a la señorita Gamard y al abate Troubert, sólo observó la superficie de sus caracteres. Pocas personas muestran desde el principio sus defectos al desnudo. Generalmente cada cual trata de darse una apariencia atractiva. El abate Birotteau concibió, pues, el seductor proyecto de consagrar sus veladas a la señorita Gamard, en vez de ir a pasarlas fuera de casa. La hospedera venía acariciando desde hacía años un deseo que cada día se hacía más fuerte. Este deseo, propio de viejos y aun de mujeres hermosas, se había convertido en ella en una pasión semejante a la de Birotteau por la habitación de su amigo Chapeloud y se alimentaba en el corazón de la solterona de los sentimientos de orgullo y egoísmo, de envidia y vanidad que preexisten en las gentes de mundo. Esto es de todos los tiempos: basta ensanchar un poco el estrecho círculo de nuestros personajes para encontrar la razón de los acontecimientos que sobrevienen en las esferas más elevadas de la sociedad. La señorita Gamard pasaba alternativamente las veladas en seis u ocho casas diferentes. Ya porque lamentase tener que buscar a la gente y se creyese con derecho, a su edad, de exigir alguna correspondencia, ya porque el no tener sociedad propia le pareciese humillante, ya, en fin, porque su vanidad ambicionase los cumplimientos y las satisfacciones de que veía gozar a sus amigas, toda su ansia consistía en que su salón se transformase en punto de una reunión hacia la cual se dirigiesen algunas noches unas cuantas personas con placer.

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