El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Después de seis meses de haber aceptado su dicha con bastante paciencia, el abate desertó, arrastrando consigo a la señorita Salomón. A pesar de sus inauditos esfuerzos, la ambiciosa Gamard apenas había reclutado cinco o seis personas, cuya asiduidad fue muy problemática, y por lo menos hacían falta cuatro individuos fieles para constituir un boston. Tuvo, pues, que darse por vencida y volver a casa de sus antiguas amistades, porque las solteronas se encuentran en demasiada mala compañía consigo mismas para no buscar los equívocos placeres de la sociedad. La causa de esta deserción es fácil de comprender. Aunque el vicario fuese uno de aquellos a quienes un día corresponderá el paraíso en virtud de la sentencia que dice ¡Bienaventurados los pobres de espíritu!, no podía, como muchos tontos, soportar el fastidio que los demás tontos le causaban. Las personas sin ingenio se parecen a las malas hierbas, que gustan de los buenos terrenos, y quieren que se las distraiga porque se aburren a sí mismas. La encarnación del hastío de que son víctimas, unida a la necesidad que experimentan de divorciarse de sí mismas, les produce esa pasión por el movimiento, esa necesidad de estar donde no están, que las distingue, como distingue también a los seres desprovistos de sensibilidad, a los que han fracasado y a los que sufren por su culpa. Sin sondar demasiado en la vacuidad, en la nulidad de la señorita Gamard, sin explicarse tampoco la pequeñez de sus ideas, el pobre abate Birotteau advirtió, un poco tarde, para su desgracia, los defectos que tenía, unos comunes a todas las solteronas y otros suyos peculiares. Lo malo, en los demás, resalta tan vigorosamente sobre lo bueno, que nos llama la atención antes de que nos lo expliquemos.

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