El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Este fenómeno moral podría justificar nuestra mayor o menor inclinación a la maledicencia. Es tan natural, socialmente hablando, burlarse de las imperfecciones ajenas, que deberíamos perdonar la murmuración que nuestras cosas ridículas autorizan, y no asombrarnos sino ante la calumnia. Pero los ojos del buen vicario no tenían esa finura óptica que permite a las gentes de mundo ver y evitar prontamente las asperezas del vecino; para reconocer los defectos de su hospedera tuvo, pues, que sufrir la advertencia que da la Naturaleza a todas sus creaciones: ¡el dolor! Las solteronas que no se han visto obligadas a plegar su carácter y su vida a otras vidas y otros caracteres, como exige el destino de la mujer, suelen tener la manía de querer que todo se les someta en derredor suyo. Este sentimiento en la señorita Gamard degeneraba en despotismo; pero este despotismo no podía ejercerse sino en cosas menudas. Así, entro mil ejemplos, el cesto de las fichas colocado en la mesa de boston para el abate Birotteau había de permanecer en el sitio en que ella lo había puesto, y el abate la contrariaba vivamente cambiándolo de lugar, lo cual ocurría todas las noches. ¿De qué procedía esta susceptibilidad aplicada a naderías y cuál era su objeto? Nadie hubiera podido decirlo, ni la misma señorita Gamard lo sabía. Aunque de natural pacientísimo, al nuevo huésped le desagradaba, como a las ovejas mismas, sentir con demasiada frecuencia el cayado, sobre todo si el cayado está erizado de pinchos. Sin explicarse la alta tolerancia del abate Troubert, Birotteau quiso sustraerse a la felicidad que la señorita Gamard pretendía aderezarle a su manera, y que ella creía tan aceptable como sus confituras; pero el infeliz, a causa de la simplicidad de su carácter, lo intentó muy torpemente.

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