El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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     Era imposible hallar dos personas que ofreciesen tantos contrastes como las de ambos abates: Troubert, alto y seco, tenía un tinte amarillo y bilioso, mientras que el vicario era lo que familiarmente se llama regordete. Redondo y colorado, la cara de Birotteau revelaba una bondad sin ideas, en tanto que la de Troubert, larga y surcada por profundas arrugas, adquiría en ciertos momentos una expresión llena de ironía o de desdén; pero había que examinarla, sin embargo, con atención, para descubrir en ella estos dos sentimientos. Habitualmente, el canónigo permanecía en una calma perpetua, casi siempre con los párpados caídos sobre los enrojecidos ojos, que cuando él quería miraban de un modo claro y penetrante. Rojos cabellos completaban esta sombría fisonomía, siempre obscurecida por el velo que las graves meditaciones echaban sobre sus rasgos. Algunas personas habían podido creerle absorbido por una alta y profunda ambición; pero las que mejor pretendían conocerle acabaron por destruir esa opinión, mostrándole como idiotizado por el despotismo de la señorita Gamard o fatigado por el exceso de ayunos. Hablaba pocas veces y no reía nunca. Cuando algo le conmovía agradablemente escapábasele una débil sonrisa que se perdía entre los pliegues de su rostro. Birotteau era, por el contrario, todo expresión, todo franqueza; gustaba de las buenas tajadas y disfrutaba con cualquier fruslería con la sencillez de un hombre sin hiel y sin malicia. El abate Troubert producía al primer golpe de vista un sentimiento de terror involuntario, mientras que el vicario arrancaba a quienes le miraban una dulce sonrisa. Cuando el gigantesco canónigo paseaba por las arcadas y las naves de Saint-Gatien, inclinada la frente, severa la mirada, causaba respeto; su figura encorvada estaba en armonía con los amarillentos arcos de las bóvedas; los pliegues de su sotana tenían algo de monumental, digno de la estatuaria.

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