El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

Página 30 de 82


     -¿Qué es eso? -preguntó con voz agria la señorita Gamard, dirigiéndose a Birotteau-. Supongo que no irá usted a llenarme de libracos el comedor.
     -Son libros que necesito -respondió el abate Troubert-. El señor vicario ha tenido la bondad de prestármelos.
     -Debí adivinarlo -dijo ella dejando escapar una sonrisa de desdén-. El señor Birotteau no puede leer esos libros tan grandes.
     -¿Cómo está usted, señorita? -preguntó Birotteau con voz aflautada.
     -No muy bien -respondió ella secamente-. Por culpa de usted me desperté anoche durante el primer sueño, y toda la noche ya he dormido mal.
     Y, sentándose, la señorita Gamard añadió:
     -Señores, se va a enfriar la leche.
     Estupefacto al verse acogido con tal acritud por su patrona, cuando esperaba excusas, pero asustado, como les sucede a las personas tímidas ante la perspectiva de una discusión, sobre todo si son el objeto de ella, el pobre vicario se sentó en silencio. Luego, al advertir en el rostro de la señorita Gamard síntomas de mal humor, permaneció batallando con su razón, que le ordenaba no sufrir las desatenciones de la hospedera, mientras que su carácter le inducía a evitar una querella. Presa de esta angustia interior, Birotteau empezó por examinar seriamente las grandes sombras verdes pintadas en el recio hule que, por costumbre inmemorial, dejaba la señorita Gamard en la mesa durante el desayuno, sin preocuparse de los bordes rozados ni de las numerosas cicatrices de semejante cobertura. Los dos huéspedes estaban frente a frente, sentados en sillones de mimbre, a los extremos de la mesa, cuya cabecera ocupaba la patrona, que lo dominaba todo desde su silla, provista de almohadones y adosada a la estufa del comedor. Esta pieza y el salón común estaban situados en el piso bajo, debajo del dormitorio y el salón del abate Birotteau.

Página 30 de 82
 

Paginas:
Grupo de Paginas:       

Compartir:




Diccionario: