El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Un prejuicio, en el cual hay quizá algo de verdad, lanza dondequiera, y en Francia más que en otras partes, un gran disfavor sobre la mujer con quien nadie ha querido compartir los bienes ni conllevar los males de la vida. Llega para las solteras una edad en que el mundo, con razón o sin ella, las condena al desdén de que son víctimas. Si son feas, la bondad de su carácter debía compensar las imperfecciones de la naturaleza; si bonitas, su desgracia ha debido fundarse en causas graves. No se sabe, entre unas y otras, cuales son más dignas de repulsa. Si su soltería ha sido razonada, si es un voto de independencia, ni los hombres ni las madres les perdonan el haber desmentido la abnegación de la mujer rehuyendo las pasiones que dan tanto atractivo a su sexo: renunciar a sus dolores es abdicar la poesía que hay en ellos, y no merecer ya los dulces consuelos a que una madre tiene siempre derecho indiscutible. Además, los sentimientos generosos, las cualidades exquisitas de la mujer, no se desarrollan más que por su constante ejercicio; permaneciendo soltera, una criatura del sexo femenino no es más que un contrasentido; egoísta y fría, causa horror. Esta sentencia implacable es, por desgracia, demasiado justa para que las solteronas ignoren sus motivos. Estas ideas germinan en su corazón tan naturalmente como los efectos de su triste vida se reproducen en sus facciones. De ahí que se marchiten, porque la constante expansión o la dicha, que esclarecen el rostro de las mujeres y dan gracia tan suave a sus movimientos, no han existido nunca en ellas. Luego se hacen ásperas y malhumoradas, porque un ser que ha errado su vocación es infeliz; sufre, y el sufrimiento engendra la malignidad.

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