El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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En efecto, antes de culparse a sí misma de su aislamiento, la solterona acusa durante mucho tiempo al mundo. De la acusación al deseo de venganza no hay mas que un paso. Hasta su fealdad es un resultado necesario de su vida. Como nunca han sentido la necesidad de agradar, desconocen la elegancia y el buen gusto. No ven nada que no sean ellas mismas. Este sentimiento las lleva insensiblemente a escoger las cosas que les son cómodas, con detrimento de las que pueden ser agradables para los demás. Sin darse exacta cuenta de su desemejanza con las otras mujeres, por fin la notan y las hace sufrir. Los celos son un sentimiento indeleble en el corazón femenino. Las solteronas son, pues, celosas sin objeto, y no conocen sino las desventuras de la única pasión que los hombres perdonan al bello sexo, porque les halaga. Así, torturadas en todos sus deseos, obligadas a rehuir las expansiones de su naturaleza, las solteronas experimentan constantemente un malestar interior, al cual no se habitúan jamás. ¿No es duro en todas las edades, y sobre todo para la mujer, leer en los rostros un sentimiento de repulsión, cuando su destino es no despertar en los corazones que la rodean mas que sensaciones amables? Por eso la mirada de una solterona es siempre oblicua, menos por modestia que por vergüenza y miedo. Esos seres no perdonan a la sociedad su falsa posición, porque no se la perdonan a sí mismos. Y es imposible que una persona en guerra perpetua consigo misma o en contradicción con la vida deje a las demás en paz y no envidie su dicha. Todo este mundo de ideas tristes se veía en los ojos grises y opacos de la señorita Gamard, y el ancho círculo negro que los rodeaba delataba los largos combates de su vida solitaria.

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