El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Todas las arrugas de su rostro eran rectas. La contextura de su frente, de su cabeza y de sus mejillas tenía los caracteres de la rigidez y la sequedad. Sin el menor cuidado dejaba crecer los pelos grises de algunos lunares desparramados por su barbilla. Sus delgados labios cubrían apenas unos dientes demasiado largos y que no carecían de blancura. Morena, sus cabellos, antes negros, habían blanqueado, a causa de horribles jaquecas. Esta enfermedad la obligaba a llevar un postizo; pero como no sabía colocárselo con disimulo, frecuentemente dejaba pequeños intersticios entre el borde de su cofia y el cordón negro que sujetaba aquella semipeluca. Su traje, de tafetán en verano y de merino en invierno, era siempre de color carmelita. El cuello, siempre caído, dejaba ver la piel rojiza y tan artísticamente rayada como puede estarlo una hoja de encina mirada al trasluz. Su origen explicaba bien estas desgracias de conformación. Era hija de un tratante en maderas, especie de aldeano enriquecido. A los diez y seis años tal vez fue fresca y carnosa, pero no le quedaba ya ni rastro de la blancura de tez ni de los hermosos colores que se alababa de haber tenido. Sus carnes habían contraído ese tinte lívido bastante común en las devotas. De todas sus facciones, la nariz aquilina era la que más contribuía a expresar el despotismo de sus ideas, así como la forma plana de su frente delataba la estrechez de su espíritu. Sus movimientos tenían una rapidez chocante que excluía toda gracia, y sólo con verla sacar de su bolso el pañuelo para sonarse con gran ruido hubieseis adivinado su carácter y sus costumbres. De estatura bastante elevada, se mantenía siempre rígida, y justificaba la observación de un naturalista que ha explicado físicamente el andar de todas las solteronas pretendiendo que se les suelden las coyunturas.

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