El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Andaba sin que el movimiento se distribuyese igualmente por toda su persona para producir esas graciosas ondulaciones tan atractivas en las mujeres: andaba como si fuese, por decirlo así, de una sola pieza, y a cada paso parecía surgir como la estatua del Comendador. En sus momentos de buen humor daba a entender, como todas las solteronas, que habría podido casarse; pero que, por fortuna, había advertido a tiempo la mala fe de su prometido, y así, sin saberlo, revelaba cómo se había sobrepuesto a su corazón su espíritu de cálculo.
     Esta figura típica del género solterona se encuadraba muy bien en las grotescas invenciones de un papel lustroso representando paisajes japoneses, del cual estaban forradas las paredes del comedor. La señorita Gamard permanecía habitualmente en esta habitación, decorada con dos consolas y un barómetro. En el sitio elegido por cada abate había un pequeño cojín de tapicería desvaído de color. El salón común donde recibía era digno de ella. Será conocido sólo con decir que se llamaba el salón amarillo; las telas eran amarillas; los muebles, amarillos; sobre la chimenea, adornada por una luna con marco dorado, unos candelabros y un reloj de cristal despedían reflejos desagradables para la vista. En cuanto al alojamiento particular de la señorita Gamard, a nadie se había permitido entrar en él. Sólo se podía conjeturar que estaba lleno de esos trapos viejos, esos muebles usados, esa especie de harapos de que se rodean todas las solteronas, y a los cuales tienen tanto apego.
     Tal era la persona destinada a ejercer la mayor influencia sobre los últimos días del abate Birotteau.
     No pudiendo ejercer, como lo quiere la Naturaleza, la actividad propia de la mujer, y necesitando ejercerla de algún modo, la empleaba en las mezquinas intrigas, en los chismorreos provincianos y en las combinaciones egoístas de que acaban por ocuparse exclusivamente todas las solteronas.

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