El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Se las arregló de manera que nunca pareciera haber procedido sin razón.
     Ocho días después del momento en que esta narración empieza, el modo de vivir en la casa y sus relaciones con la señorita Gamard revelaron al abate Birotteau una trama urdida seis meses antes. Mientras la solterona había ejercido su venganza sordamente y él había podido mantenerse voluntariamente en el error, negándose a creer en intenciones malévolas, la enfermedad moral no hizo en su espíritu grandes progresos. Pero desde aquello del traslado de la palmatoria y el adelantamiento del reloj, Birotteau no pudo ya dudar que vivía bajo el imperio de un odio cuyos ojos estaban siempre abiertos sobre él. Entonces llegó rápidamente a la desesperación, viendo a todas horas los dedos finos y crispados de la señorita Gamard prestos a clavarse en su corazón. Dichosa de vivir con un sentimiento tan fértil en emociones como el de la venganza, la solterona gozaba cerniéndose pesando sobre el vicario como un ave de rapiña se cierne y pesa sobre un musgaño antes de devorarle. Había concebido desde hacía tiempo un plan que el aturdido presbítero no podía adivinar, y que ella desarrolló sin tardanza, mostrando el talento que saben desplegar en las cosas menudas las personas solitarias cuya alma, inhábil para sentir las grandezas de la verdadera piedad, se consagra a las minucias de la devoción. ¡Última, pero horrible agravación de pena! La naturaleza de sus sinsabores privaba a Birotteau, hombre expansivo, a quien gustaba ser compadecido y consolado, de la pequeña dulzura de contárselos a sus amigos. El escaso tacto que tenía, y que debía a su timidez, lo hacía temer que se pondría en ridículo si se ocupaba de semejantes nonadas.

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