El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Cuando acabó de hablar el vicario trabajo le habría costado encontrar en el rostro de Troubert, jaspeado entonces de manchas más amarillas que las ordinarias en su tinte bilioso, algunas trazas de los sentimientos que habría debido excitar en el misterioso presbítero. Después de permanecer un momento silencioso, el canónigo dio una de aquellas respuestas suyas, en las cuales todas las palabras debían de haber sido estudiadas mucho tiempo para que su alcance fuese completamente mesurado, pero que más tarde probaban a la gente la sorprendente profundidad de su alma y la potencia de su espíritu. Abrumó a Birotteau diciéndole que aquellas cosas le sorprendían tanto más cuanto que él nunca las habría advertido a no confesárselas su hermano; atribuía esta falta de penetración a sus graves ocupaciones, a sus trabajos y a la tiranía de ciertos elevados pensamientos que no le permitían fijarse en los pormenores de la vida. Le hizo notar, pero sin que pareciese querer censurar la conducta de un hombre cuya edad y cuyos conocimientos merecían su respeto, que «antiguamente, los solitarios rara vez pensaban en su alimento ni en su abrigo, en el fondo de las tebaidas donde se entregaban a santas contemplaciones», y que «en nuestros días, el presbítero podía, con el pensamiento, hacerse dondequiera una tebaida». Luego, volviendo a Birotteau, añadió que «aquellas discusiones eran enteramente nuevas para él. Durante doce años, nada semejante había sucedido entre la señorita Gamard y el venerable abate Chapeloud». En cuanto a él, sin duda, añadió, podía hacerse árbitro entre el vicario y su hospedera, porque su amistad con ella no traspasaba los límites impuestos por la Iglesia a sus fieles servidores; pero en ese caso la justicia exigía que oyese también a la señorita Gamard.

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