El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Que, por lo demás, él no había notado en ella cambio ninguno, que siempre la había visto así; que él se había sometido voluntariamente a algunos de sus caprichos sabiendo que aquella respetable señorita era la misma bondad, la dulzura misma; que se debía atribuir sus ligeros cambios de humor a los sufrimientos que le causaba una enfermedad del pecho de que no hablaba nunca y que sufría con cristiana resignación... Acabó diciendo el vicario que «con pocos años más que permaneciese al lado de la señorita Gamard sabría apreciarla mejor y reconocer los tesoros de su excelente carácter».
     El abate Birotteau salió confuso. En la necesidad fatal en que se hallaba de no tomar consejo mas que de sí mismo, juzgó a la señorita a su manera. Pensó el buen señor que ausentándose unos días se extinguiría, por falta de alimento, la inquina que le tenía aquella mujer. Resolvió, pues, ir, como hacía antes, a pasar unos días en una finca campestre a donde la señora de Listomère se trasladaba a fines de otoño, época en que, generalmente, el cielo de Turena es puro y dulce. ¡Pobre hombre! Precisamente satisfacía así las ansias secretas de su terrible enemiga, cuyos proyectos no podían ser contrariados sino con una paciencia de monje; pero como no adivinaba nada, como no conocía ni sus propios asuntos, debía sucumbir como sucumbe un cordero al primer golpe del carnicero.
     Situada al borde de la carretera que une a la ciudad de Tours con las alturas de San Jorge, orientada al Mediodía, rodeada de rocas, la propiedad de la señora de Listomère ofrecía los atractivos del campo y todos los placeres de la ciudad. En efecto, no se empleaban más de diez minutos en llegar desde el puente de Tours a la puerta de aquella casa, llamada La Alondra: ventaja preciosa en un país donde nadie quiere molestarse por nada, ni para ir a divertirse.

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