El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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El abate Birotteau llevaba en La Alondra unos diez días cuando una mañana, al tomar el almuerzo, le dijo el portero que el señor Caron deseaba hablarle. El señor Caron era un abogado encargado de los asuntos de la señorita Gamard. Birotteau, que no lo recordaba, y que no tenía litigio alguno que resolver con nadie de este mundo, dejó la mesa y fue con cierta ansiedad en busca del abogado: lo encontró modestamente sentado en la balaustrada de la terraza.
     -Como es evidente la intención que tiene usted de no alojarse ya en casa de la señorita Gamard... -comenzó diciendo el hombre de negocios.
     -¡Cómo, señor! -exclamó el abate Birotteau-. Nunca he pensado dejarla.
     -Sin embargo, señor -repuso el abogado-, es necesario que se haya usted explicado sobre esto con la señorita Gamard, puesto que me envía para saber si permanecerá usted mucho tiempo en el campo. Como en su contrato no está previsto el caso de una larga ausencia, esto puede ocasionar discusiones. Así, pues, pensando la señorita Gamard que su hospedaje...
     -Caballero -dijo Birotteau, sorprendido y volviendo a interrumpir al abogado-, no creí que fuese necesario emplear procedimientos casi judiciales para...
     -La señorita Gamard, que quiere prevenir toda dificultad -dijo el señor Caron-, me ha enviado para entenderme con usted.
     -Pues bien; si tiene usted la bondad de volver mañana, yo consultaré por mi parte.
     -Sea -dijo Caron saludando.
     El picapleitos se retiró. El pobre vicario, espantado ante la persistencia con que le perseguía la señorita Gamard, volvió al comedor de la señora de Listomère con el rostro demudado. Todos le preguntaron:
     -¿Qué le sucede, señor Birotteau?
     El abate, desolado, se sentó sin contestar; tan conmovido le tenían las bajas imágenes de su desventura.

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