El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Nuestro querido Birotteau no está más que en el principio de sus penas. Ante todo: ¿viviría feliz y tranquilo aunque cediese sus habitaciones a Troubert? Lo dudo. Si Caron ha venido a decirle a usted -añadió volviéndose hacia el aturdido presbítero- que usted pensaba dejar a la señorita Gamard, sin duda la señorita Gamard tiene la intención de echarle de su casa... Pues usted saldrá de allí de grado o por fuerza. Esta clase de gentes no arriesgan nunca nada; siempre proceden sobre seguro.
     Aquel anciano caballero, llamado señor de Bourbonne, resumía todas las ideas de las provincias tan completamente como Voltaire ha resumido el espíritu de la época. Aquel viejo, seco y flaco, profesaba en materia de indumentaria la indiferencia de un propietario que no tiene valores territoriales fuera de su provincia. Su fisonomía, curtida por el sol de Turena, era más fina que espiritual. Habituado, a pesar de sus palabras, a combinar sus actos, ocultaba su profunda circunspección bajo una simplicidad engañosa. Así, la más somera observación dejaba comprender que, como un aldeano de Normandía, llevaba siempre la delantera en todos los negocios. Era versadísimo en enología, la ciencia favorita de los habitantes de Tours. Había sabido regar las praderas de una de sus fincas a expensas de los pantanos del Loira sin caer en un litigio con el Estado. Esta buena jugada le hizo pasar por un hombre de talento. Si, seducidos por la conversación del señor de Bourbonne, hubieseis pedido su biografía a los vecinos de Tours, los que le tenían envidia, y eran muchos, os hubiesen dado la respuesta proverbial: «¡Oh, es un viejo maligno!» En Turena, corno en la mayoría de las provincias, la envidia forma el fondo de la lengua.

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