El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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     La observación del señor de Bourbonne produjo un silencio momentáneo, durante el cual las personas que componían aquel pequeño comité parecían reflexionar. En esto fue anunciada la señorita Salomón de Villenoix. Llegaba de Tours con el deseo de ser útil a Birotteau y las noticias que traía cambiaron completamente el aspecto de la cuestión. En el momento de su llegada, todos, excepto el propietario, aconsejaban a Birotteau que luchase con Troubert y Gamard, bajo los auspicios de la sociedad aristocrática que había de protegerle.
     -El vicario general, que tiene la dirección del personal a su cargo -dijo la señorita Salomon-, acaba de caer enfermo, y el arzobispo ha puesto interinamente en su lugar al señor Troubert. Por tanto, la provisión de la canonjía depende ahora de él enteramente. Pero ayer, en casa de la señorita de la Blottière, el abate Poirel habló de los disgustos que el abate Birotteau causaba a la señorita Gamard, como queriendo justificar la desgracia que caerá sobre nuestro buen abate: «El abate Birotteau es un hombre que necesitaba mucho al abate Chapeloud, decía, y desde la muerte de aquel virtuoso canónigo se ha demostrado que...» Se han sucedido las suposiciones, las calumnias. ¿Comprenden ustedes?
     -Troubert será vicario general -dijo solemnemente el señor de Bourbonne.
     -¡Ea! -exclamó la señora de Listomère, mirando a Birotteau-. ¿Qué prefiere usted, ser canónigo o permanecer en casa de la señorita Gamard?
     -¡Ser canónigo! -respondió una exclamación general.
     -Pues bien -añadió la señora de Listomère-; hay que hacer que ganen el pleito el abate Troubert y la señorita Gamard. ¿No le han hecho a usted saber indirectamente, por la visita de Caron, que si consiente usted en dejarlos será canónigo? Pues toma y daca.

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