El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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     Todos ensalzaron la agudeza y la sagacidad de la señora de Listomère, menos el barón de Listomère, su sobrino, que dijo con un tono cómico al señor Bourbonne, aludiendo a los combates navales:
     -A mí me habría gustado un combate entre la Gamard y el Birotteau.
     Mas, para desdicha del vicario, las fuerzas no estaban equiparadas entre sus amigos aristocráticos y la solterona apoyada por el abate Troubert. Pronto llegó el momento en que la lucha había de dibujarse más francamente, agrandarse y adquirir proporciones enormes. Por acuerdo de la señora de Listomère y de la mayoría de sus adeptos, que empezaban a apasionarse por aquella intriga surgida en el vacío de su vida provinciana, se envió un recado al señor Caron. El hombre de negocios volvió con una celeridad notable, que al señor de Bourbonne no le causó sorpresa.
     -Aplacemos toda resolución hasta tener informes más amplios -fue la opinión de aquel Fabio en bata, a quien sus profundas reflexiones le revelaban las altas combinaciones del tablero turenés.
     Intentó hacer comprender a Birotteau los peligros de su posición. Como la prudencia del viejo maligno no halagaba las pasiones del momento, sólo obtuvo una ligera atención. La conferencia entre el abogado y Birotteau fue breve. El vicario volvió junto a sus amigos azoradísimo, diciendo:
     -Me pide un escrito en que conste mi retirada.
     -¿Qué quiere decir esa indigna palabra? -dijo el teniente de navío.
     -¿Qué significa eso? -exclamó la señora de Listomère.
     -Eso significa, sencillamente, que el abate ha de declarar que abandona por su gusto la casa de la señorita Gamard -respondió el señor de Bourbonne, tomando un polvo de rapé.
     -¿No es más que eso? ¡Firme usted! -dijo la señora de Listomère, mirando a Birotteau-.

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