El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Si está usted firmemente resuelto a salir de casa de ella, no hay ningún inconveniente en que haga usted constar su voluntad.
     ¡La voluntad de Birotteau!
     -Es lo justo -dijo el señor de Bourbonne, cerrando su tabaquera con un golpe seco cuya significación no se puede expresar, porque era todo un lenguaje-. Pero siempre es peligroso escribir -añadió, dejando la tabaquera sobre la chimenea, con un gesto que espantó al vicario.
     Birotteau estaba tan entontecido por el derrumbamiento de todas sus ideas, por la rapidez de los acontecimientos, que le sorprendían sin defensa, por la ligereza con que sus amigos trataban los asuntos más amados de su vida solitaria, que permanecía inmóvil, como si se viese en otro planeta, sin pensar en nada, pero oyendo y queriendo comprender el sentido de las rápidas palabras que prodigaba todo el mundo. Cogió el escrito del señor Caron y lo leyó, como si el documento del abogado fuese a concentrar su atención; pero esto fue un movimiento maquinal, y firmó aquel escrito, en el cual reconocía que renunciaba voluntariamente a vivir en casa de la señorita Gamard y a ser alimentado según los contratos hechos entre ellos. Cuando el vicario acabó de estampar su firma, el señor Caron recogió el acta y le preguntó adónde debía la señorita Gamard enviarle las cosas de su pertenencia. Birotteau indicó la casa de la señora de Listomère. Con un gesto, esta dama consintió alojar al abate por unos días, segura de que pronto sería nombrado canónigo. El viejo propietario quiso ver aquella especie de acta de renunciación y el señor Caron se la enseñó.
     -Bueno -dijo al vicario, después de leerla-. ¿Luego hay entre usted y la señorita Gamard convenios escritos? ¿Dónde están? ¿Qué se estipula en ellos?

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