El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Viendo sus libros errantes, sus muebles sin emplazamiento y su ajuar en desorden, preguntábase mil veces por qué el primer año pasado en casa de la señorita Gamard había sido tan dulce y el segundo tan cruel. Y su aventura seguía siendo un pozo sin fondo donde se abismaba su razón. Ya no le parecía la canonjía una compensación suficiente para tantos males, y comparaba su vida a una media, cuya trama entera se deshace si se escapa un punto. Le quedaba la señorita Salomón. Pero al ver perdidas sus viejas ilusiones, el pobre presbítero no se atrevía a creer en una amistad joven.
     En la citta dolente de las solteronas hay muchas, sobre todo en Francia, cuya vida es un sacrificio noblemente ofrecido a diario a los buenos sentimientos. Unas viven altivamente fieles a un corazón que la muerte les arrebató prematuramente; mártires del amor, dan con el secreto de ser mujeres sólo de alma. Otras obedecen a un orgullo de familia que, para vergüenza nuestra, decae de día en día, y se consagran a un hermano, a los sobrinos huérfanos: éstas son madres sin dejar de ser vírgenes. Estas solteronas llegan al más alto heroísmo de su sexo consagrando todos los sentimientos femeninos al culto de la desgracia. Idealizan la figura de la mujer renunciando a las recompensas de su destino y no aceptando de él mas que las penas. En tal situación viven rodeadas del esplendor de su abnegación, y los hombres inclinan respetuosamente la cabeza ante sus facciones marchitas. La señorita de Sombreuil no fue nunca ni mujer ni muchacha: fue, y siempre será, una viviente poesía(2). La señorita Salomón era una de estas criaturas heroicas.

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