El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

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La explanada, con el castillo, la catedral y el palacio episcopal, ocupaba la vasta meseta en la cima de la colina, que se erguía baja y maciza para defender la parte oriental del notable burgo de Tortona. El gran descampado estaba protegido por tres lados con altos muros espaciados por torres, mientras que el de levante estaba defendido por la gruesa mole del castillo de los Botta, condes de Tortona, que se entreveía azulado en la niebla. Hacia el pueblo, es decir, en la parte opuesta al castillo, se elevaba la imponente silueta de la catedral de Tortona, con el palacio episcopal anexo. Abajo, allá donde la colina y el castillo no lo protegían, el poblado estaba defendido por muros almenados y torres situadas a distancia regular una de la otra. El Gran Veedor, enjuto y calvo, intentaba protegerse del frío y la niebla que le entraban en los huesos, manteniéndose lo más cerca posible del fuego pero, a pesar del bonete calado hasta las orejas, el ropón que le llegaba hasta los pies, con cuello y solapas de piel y los espesos mitones, que usaban los contables para escribir y contar el dinero, no conseguía calentarse. Controlaba en un borrador que los víveres que llegaban en carreta desde Milán correspondieran a la carga registrada en el momento de la partida. Apenas las carretas entraban en el patio, a través de la gran puerta cochera, sus dos asistentes saltaban encima y, en voz muy alta, en parte para hacerse oír bien por su jefe y en parte para darse importancia, comenzaban la cuenta del material transportado: - Ocas en salmuera: 300. - Morcillas: 2.800. - Crestas y criadillas de pollo: 120 libras.

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