El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

Página 32 de 401

- Probad éste del valle de Blenio. Reanimaría incluso a un ahorcado. Maese Ubaldo trincó aquel fuego líquido, se estremeció por la quemazón y tosió. -¡Magnífico! -Y bebió otro gran sorbo. Luego le preguntó-: ¿Ya habéis encontrado dónde situar vuestra cocina? Yo no entiendo de esto, pero ¡la del castillo me parece un poco pequeña! -Es peor que pequeña -espetó el Gran Cocinero-. La acabo de visitar con maese Anselmo y también él piensa que no es adecuada para nuestro banquete. El conde Botta y el conde Obispo, su hermano, nunca reciben a más de treinta personas a la vez. No está hecha para un banquete principesco. Faltan los albañares, los hornos, los asadores, los morteros y todo lo demás. Necesito un local donde puedan trabajar tres cocineros principales, veinte cocineros, treinta oficiales de cocina, veinte mozos y una cincuentena de galopillos. También él echó buenos tragos de su frasca, mientras recordaba su salida de la Corte de Milán aquella misma mañana o, mejor dicho, aquella noche cerrada, dos horas después de medianoche, al son de la hora octava. Había necesitado diez horas de viaje, entre la niebla y la nieve, y ahora estaba allí, en el centro de un patio helado, rompiéndose la cabeza para encontrar el mejor local donde preparar el banquete principesco. Había buscado por todas partes. -Pero quizá lo he encontrado -dijo el Gran Cocinero como hablando consigo mismo-. Maese Anselmo me ha enseñado los sótanos del castillo, precisamente debajo de una de las salas del banquete. Es un espacio enorme, de momento abarrotado de escombros y cubierto por al menos un palmo de polvo, pero con un poco de trabajo conseguiré transformarlo en la cocina moderna que necesito.

Página 32 de 401
 

Paginas:
Grupo de Paginas:                     

Compartir:




Diccionario: