El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

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Mientras bajaban hacia el poblado, cuyos tejados nevados ya se entreveían, maese Anselmo describía de modo muy colorista la vida que se hacía en el pueblo. -Hay que decir que el señor Duque, el Moro, se preocupa mucho por la limpieza de las aldeas fronteri- zas. Por eso todas las calles, empedradas o de tierra batida, tienen un canalón en el centro para recoger las aguas sucias. Habitualmente el sitio de decencia, si existía, estaba en la segunda planta. Era una especie de garita que sobresalía del muro de la casa. Dentro, una ménsula de pizarra, en la que se habían practicado dos grandes agujeros, era lo suficientemente ancha para que pudieran encaramarse dos personas. Los orines y las heces salían por los agujeros de la pizarra y caían directamente a la calle, cerca del muro de la casa, y cuando soplaba el viento lo ensuciaban dejando evidentes huellas. Maese Anselmo proseguía con la descripción de su aldea natal: -Con un poco de agua o con la lluvia, las aguas negras acaban en el canalón central y, desde allí, fluyen lentamente hasta un gran foso, del que los campesinos las recuperan para abonar los Campos. Es una auténtica bendición de Dios para todos. Por eso en primavera los cultivos de los alrededores son tan verdes y lujuriantes. -Pero -observó, realista como siempre, maese Stefano- al pasar por las callejas hay que estar muy atentos, porque si uno camina por la zona equivocada, antes o después acaba por caerle encima toda esa bendición de Dios. Maese Anselmo se quedó un poco contrariado, pero prosiguió: -En verano, hay que admitirlo, este sistema crea algunos problemas, pero en invierno y sobre todo en primavera y en otoño, cuando las lluvias son frecuentes, todo va de maravilla.

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