El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

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Maese Anselmo extendió los brazos y no respondió. Maese Stefano, que era de campo, sabía de verdad cuáles eran las ocasiones de encuentro entre los jóvenes de aquellos pueblos. En invierno, cuando las sombras azules caían temprano desde las colinas cercanas y las manchas de nieve se teñían de violeta, hacía mucho frío en las casas. Entonces, después de cenar, se reunían en los establos, entibiados por el heno y el calor de las vacas y los asnos. Bastaba una sola linterna para todos. Siempre había alguno que contaba viajes por mar a lejanos países de las especias, mientras las ancianas chupaban algunas castañas secas, para tener suficiente saliva y poder hilar el lino durante toda la velada, escuchando los relatos que ya habían oído otras muchas veces. Durante esas vigilias, protegidos por la dulce temperatura y la penumbra del establo, se cortejaba a las muchachas y se hacían algunas cosas más. -En estos días aquí, en la aldea, se habla de un gran matrimonio y circulan rumores de todo tipo, pero pocos saben con exactitud qué está sucediendo -dijo maese Anselmo, orgulloso de encontrarse entre los enterados-. Para el banquete están llegando a Tortona muchos señores desde Milán y desde más lejos. Se ven aldeanos asombrados y confusos porque los que llegan lucen vestidos de terciopelo o de lampazo, bordados en oro y plata. Llevan capas de felpa con cuello de piel y gorros de fieltro con plumas grandes. En el pueblo se sabe que los señores más importantes serán alojados en el castillo y en el palacio del Obispo, mientras que los demás dormirán en el burgo. La gente de Tortona tendrá que ceder sus propias camas, pero no bastarán, y muchos, ya sean nobles o capitanes, deberán reposar en los establos y en los heniles.

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