El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

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A los que alojen a un caballero se les ha prometido un sueldo milanés. Los bien informados dicen que acudirá también el señor duque Ludovico el Moro en persona. Figúrense, Sus Señorías, que algunos han llegado a murmurar que es todo negro salvo los ojos, que los tiene blancos. El párroco de Sant´Abbondio, que una vez lo vio en carne y hueso, tuvo que explicar desde el púlpito que no era verdad en absoluto y que el Moro era como nosotros, sólo un poco más moreno. A pesar de ello, los más siguen creyendo que es un negro -añadió con aires de sabérselas todas. En el villorrio la actividad bullía y eran muchos los contentos porque estaban obteniendo buenos beneficios. Algunos hombres ayudaban a montar palcos para la ceremonia, grandes estatuas de madera y de tela y arcos de triunfo bajo los cuales pasaría el cortejo. Otros acudieron a trabajar al castillo para preparar la gran fiesta. Cortaban leña para las chimeneas y las estufas y luego rompían el hielo del río para llenar las cubas de agua y llevarlas arriba, hasta los albañares de la cocina. En suma, aunque casi nadie sabía quién se casaba, estaba claro que la fiesta sería un maná llovido del cielo sobre Tortona. Y de ello se hablaría largamente durante el invierno, en las interminables y tibias veladas de los establos. Maese Anselmo calló, como si temiera haber sido demasiado locuaz con esos forasteros tan importantes; quizá había superado los límites del debido respeto. Se mordió el labio esforzándose por no volver a abrir la boca. El viento había cesado de soplar cuando los tres llegaron al burgo. Al pasar por delante de las viviendas, entre las callejas oscuras, se percibía el olor de la leña que ardía en las chimeneas.

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