El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

Página 44 de 401

Era la hora en que en las ollas, colgadas de negras cadenas, se cocían los guisos de nabos y de coles con algunas cortezas de cerdo. De vez en cuando, por los ventanucos se entreveían mujeres vestidas de oscuro que, sentadas en los bancos de piedra de las chimeneas, esperaban a que hirviera el agua o mezclaban las menestras que ya se cocinaban. De vez en cuando les llegaba el olor de algo que se estaba friendo; tanto podían ser unas tortillas de acelgas con huevos y queso como coles rebozadas con harina y leche. Mientras, alguna de las mujeres, con una espátula larga, mezclaba en el caldero de cobre la polenta de sorgo, que al hervir hacía emerger a la superficie grandes burbujas de vapor oloroso. Aquellos efluvios de humo y de comida pobre le resultaban familiares a maese Stefano. También en su valle se repetía a esa hora el mismo y mísero rito. A menudo Stefano sentía nostalgia de las cosas humildes de su tierra, tan nevada en invierno y tan verde en primavera. Pasaron ante el taller del calderero, iluminado por la débil luz de una lámpara de aceite. El artesano aún trabajaba remendando una pieza. En torno a él, en el cuartito casi oscuro, pendían muchos objetos de cobre grandes y pequeños, cazoletas, sartenes, hervidores para infusiones, cazos y tenedores trinchantes. En la semi oscuridad del pequeño taller, los destellos de la luz se reflejaban, en rojos resplandores, sobre los objetos de cobre colgados. Los tres llegaron al umbral de una modesta taberna, que proyectaba un poco de su débil luz en el callejón helado. Respetuoso, maese Anselmo los acompañó hasta el interior, pero no quiso sentarse con ellos.

Página 44 de 401
 

Paginas:
Grupo de Paginas:                     

Compartir:




Diccionario: