El banquete (Orazio Bagnasco) Libros Clásicos

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Se creó así un espacio vacío entre la mesa de los dos forasteros y las de los clientes habituales de la taberna. Todo este silencioso tráfago hizo sonreír a los dos amigos, aunque no les disgustó demasiado porque les permitía charlar en paz sin ser molestados. Aquellos eran tiempos en que una palabra de más en un oído equivocado podía costar muy caro y ellos deseaban intercambiar muchas palabras que no debían ser oídas. El Patrón, obsequiosísimo, rayando en lo fastidioso, sin esperar a que se lo pidieran, puso sobre la mesa dos bocales de estaño y una botella de vino tinto de San Colombano, y no se iba. -Es del mejor -dijo. La abrió y empezó a verter el contenido en los vasos-. ¿Qué puedo servir a Sus Excelencias? Tengo una panceta y unos salamis de cerdo que son una maravilla. ¿Querrían Sus Excelencias comenzar con ellos y con algunas morcillas? ¡Para la fiesta he preparado un gran cocido y aún me quedan unos magníficos trozos de carne! ¡Además está el asado! -Está bien -dijo el Embajador-, regalémonos con los embutidos de cerdo y con las morcillas, luego probaremos el cocido. ¿De acuerdo, maese Stefano? Sin embargo pienso que antes deberíamos calentarnos un poco. Aún tenemos el frío metido en los huesos. -Por supuesto, Excelencias, podríamos comenzar con un caldo esforzado de carnero bien graso al vino tinto de Volpaia. Es lo ideal para recuperarse del frío y despertar el apetito. Maese Stefano hizo un gesto de asentimiento y el Diplomático estuvo de acuerdo. Mientras esperaban empezaron a catar el vino en sus bocales de estaño. -¡No está nada mal! -fue el comentario. Luego comenzaron a conversar sobre la comitiva que a esas horas se disponía a regresar por mar desde Nápoles, tras el matrimonio entre Gian Galeazzo Sforza e Isabel de Aragón, y al cabo de algunos días, llegaría precisamente allí, a Tortona.

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