Fantasmas de Navidad (Charles Dickens) Libros Clásicos

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generosa cena con nuestro anfitrión y anfitriona y sus invitados, es Navidad y
la vieja casa está llena de invitados, y después nos vamos a la cama. Nuestra
habitación es muy antigua. Está recubierta de tapices. No nos gusta el retrato
de un caballero vestido de verde colocado sobre la repisa de la chimenea. En el
techo hay grandes vigas negras y para nuestro acomodo particular contamos con
una enorme cama negra a la que en los pies le sirven de apoyo dos figuras negras
también grandes que parecen salidas de dos tumbas de la antigua iglesia que
tenía el barón en el parque. Pero no somos un noble supersticioso, y no nos
importa. ¡Todo v-, bien! Despedimos a nuestro criado, cerramos la puerta y nos
sentamos delante del fuego vestido: con el camisón, meditando en muchas cosas.
Final mente, nos metemos en la cama. ¡Muy bien! No podemos dormir. Damos vueltas
y más vueltas, pero no podemos dormir. Las ascuas de la chimenea arden bien y
dan a la habitación un aspecto fantasmal No podemos evitar escudriñar, por
encima del cobertor, las dos figuras negras y el caballero... ese caballero
vestido de verde y de apariencia perversa Con la luz parpadeante dan la
impresión de avanza y retroceder: lo cual, a pesar de que no seamos et absoluto
un noble supersticioso, no resulta agradable. ¡Muy bien! Nos ponemos
nerviosos... más y más nerviosos. Decimos: «esto es una verdadera es tupidez,
pero no podemos soportarlo; simularemos estar enfermos y llamaremos a alguien».
¡Muy bien Precisamente vamos a hacerlo cuando la puerta cerrada se abre y entra
una mujer joven, de palidez mortal y de cabellos rubios y largos que se desliza
hasta la chimenea, y se sienta en la silla que hemos dejado allí, frotándose las
manos. Nos damos cuenta entonces de que su ropa está húmeda. La lengua se nos
pega al velo del paladar y no somos capaces de hablar, pero la observamos con
precisión. Su ropa está húmeda, su largo cabello está salpicado de barro húmedo,
va vestida según la moda de hace do: cientos años, y lleva en su ceñidor un
manojo de 11, ves oxidadas. ¡Muy bien! Se sienta allí y ni siquiera podemos
desmayarnos del estado en el que no encontramos.

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