Entre sueños (Gustavo Adolfo Becquer) Libros Clásicos

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Después de haberlos descompuesto y analizado, en el ruido del insecto que roe, en el murmullo del aire que zumba, en el eco lejano del mar que brama, en los lastimosos aullidos del perro que araña las puertas, hay una inmensa escala de tonos cuya diferencia llega a hacerse perceptible y rompen la monotonía. En algunas ocasiones he creído oír hasta palabras y frases entrecortadas en el silbo de los vientos, he seguido al insecto invisible en todas las peripecias de su titánica obra y he escuchado como una especie de himno en el murmullo de las aguas; pero por más que aquella noche intenté descomponer el continuado martilleo del reloj, no pude sacar en limpio sino dos golpes secos, metálicos, monótonos hasta la saciedad. Ya no podía dormir, ya no podía soñar siquiera para variar el suplicio; en mi lucha con el péndulo, comenzaba a ceder; a la impaciencia nerviosa, había sucedido una postración momentánea, precursora tal vez de una gran crisis. Oía los golpes como si me sonasen dentro de la cabeza. Los latidos de mis sienes no marchaban ya a compás con los de la máquina, porque la fiebre los había apresurado. Yo no sé dónde he leído que en la Inquisición daban un tormento horrible, dejando caer alternativamente sobre la cabeza del acusado una gota de agua fría y otra hirviendo.
En aquel instante hubiera jurado que cada uno de aquellos golpes era una gota de plomo derretido o de nieve que me taladraba el cráneo y me encendía o me espasmodizaba, causándome dolores horribles. Intenté sustraerme a aquel extraño tormento tapándome los oídos. ¡Afán inútil! Desesperado, sin fuerzas para aguardar el día en aquella angustia, salté de la cama, busqué a tientas y precipitadamente un fósforo y lo encendí.

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